domingo, 7 de noviembre de 2010

4 minutos


I waited 'til I saw the sun
I don't know why I didn't come
I left you by the house of fun
I don't know why I didn't come
I don't know why I didn't come

En la ciudad de México pasan millones de cosas cada segundo. Desde Saint Faith (Sta Fe) a Iztapalacra. Desde Perisur hasta Toreo 4 caminos. Pero en particular, el 5 de noviembre a las 8.40 pm, Norah Jones le daba las buenas noches al auditorio nacional.
Una banda que distó de ser Handsome, la banda que siempre la acompaña.
Guitarras electroacústicas, a big old bass, una batería, cajón acústico, un piano y el tecladito retro, instrumentos mágicos. Mágicos por que con su sonido dibujaban una sonrisa en cualquier rostro, ya fuera de alegría o sentimiento más profundo. Todo, encantado por la voz de Norah Jones.
Desde la fila I, asiento 63, con el austero pero básico escenario se podía escuchar y ver más allá de un concierto llevado a cabo. Letras melancólicas y algunas alegres transportaban a otro lugar, lejos de la contaminación rodeando al Auditorio Nacional, apenas a un lado de uno de los escasos pulmones en la ciudad más grande del mundo. Más lejos aún de la ciudad de México.
Es curioso, como siempre una canción nos transporta a una realidad que preferimos recordar que revivir. A una realidad que existió, o que imaginamos de una manera casi palpable.
Las canciones de Norah son historias personales que a ella le han sucedido, pero que esa noche compartimos todos. Durante 1 hora y 30 minutos el tiempo no existió. Solamente música, recuerdos y sentimiento. No importó el importe del boleto. Tampoco el haber viajado 5 horas en un camión atestado de lo más fino de la sociedad Mexicana. El haber caminado 45 minutos desde la glorieta de Colón hasta el Auditorio Nacional (buscando un taxi en la hora pico, salida del trabajo). Conocer por fuera el bosque de Chapultepec, el saludar al dios azteca del agua, o el haber visto una exposición temporal de alebrijes. Nada importó desde le momento que un "bip" sonó en el escaner de mano de una señorita en la entrada y después de haber sido manoseado por un pseudo guardia de seguridad. Tampoco el haber no seguido una costumbre extraña de darle propina a la acomodadora después de haberte mostrado el evidente asiento numerado que marcada el boleto.
Puedo decir que soy fanS de Norah Jones, Tengo sus CD's originales y un DVD de un concierto en vivo desde Memphis Tennesse, ahí si, con The Handsome Band. Pero confieso que no me se las letras de todas sus canciones. sin embargo, afirmo que las tengo bien condicionadas (como el perro de Pavlov), a situaciones de la vida real y cotidiana que es ésta.
"I grew up just around the corner, I grew up in Texas", dijo antes de comenzar a tocar The lonestar.
Chistes ocasionales, y una que otra introducción a la canción a tocar. Ella sola tocó en un piano de pared una canción dedicada a su perro: Man of the hour, en lo que pareció más un monólogo cómico, ya que en cada frase la audiencia reía. AL menos los que masticamos el inglich.
Si me preguntaran que cambiaría, nada. El concierto me pareció perfecto e inolvidable. Desde la chava que no soltó la Blackberry en todo el concierto, la señora que no se rindió de tomar fotos con un celular más austero que la misma democracia mexicana, los que llegaron 15 minutos antes del termino del concierto (no imagino como le habrá ido al dude), la chava que le describía a su novio que canción era de que CD, la guitarrista de la banda que no recibió elogios y chiflidos, la niña que le tiró un osito de peluche cuando la banda se despedía, la lámpara en forma de una bailarina, de esas que usaban un sombrero de frutas, el bajo viejo y gigantesto, el vestido corto de Norah, las 3 canciones que cantaron al rededor de un micrófono retro, los "nacos" que le chiflaban en las pausas, las pantallas y el buen sonido, agradeciendo la acústica del auditorio. Los vendedores de mercancía apócrifa. Los vendedores/asaltantes de cervezas a $55 pesos. El hombre delante de mí con una cabeza digna de cualquier museo olmeca.
Un concierto abismalmente diferente al de Metallica. Comenzó a tiempo, no esperé más que 15 minutos, SENTADO. No hizo frio, no hubo empujones ni violencia desmedida por un grupo de "rockeros", ni pseudo fans como un servidor. Además de las mujeres más valientes que he conocido, al menos de vista, entrándole duro al slam. No, aquí no hubo nada de eso. Tal vez uno que otro pseudo fan o aquel o aquella que iban acompañando a su novio, novia. o las combinaciones que de esto resulten.
Pero como todo lo bueno por bien acaba, o algo así =S, a las 10.10 pm terminó el concierto con una exquisita versión de "creepin' in". Gracias, buenas noches" los músicos desaparecieron detrás de NOrah Jones, y las luces se prendieron iluminando todo el auditorio. Era momento de correr a buscar uno de los escasos taxis por miedo a abordar un vagón del metro, línea naranja, estación Auditorio.
El delicioso sabor de boca era lavado con el frio aire de la ciudad de México, justo frente al hotel W. Pero durante esos 90 minutos, un mundo lleno de tantas locuras desapareció, se puso en pausa, se quedó mudo, inmóvil. Nada importó, ni siquiera el aberrante frío de una noche de otoño, y una escueta chamarra. El hambre se mitigó o se olvidó, o se ignoró. No importó. Solamente la espectativa de cual sería la siguiente canción. de los 4 discos, más de 40 canciones, todas ellas únicas. Mágicas.

Qué con eso? que en el tramo que recorrí a pie, para llegar al auditorio nacional, le pregunté a un amable barrendero:
-- Buenas noches, disculpa. Cuánto falta para el Auditorio?
-- 4 minutos!
-- Gracias!
No se si se refirió a 4 minutos a coche, en avión, moto o Helicotero, pero definitivamente no fue a pie.

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